Y ahí estaba de nuevo recordando cosas, su cabeza a veces parecía una noria que le iba presentando diferentes imágenes de su vida.

¿Por qué? quizá porque era un eneatipo 4 del eneagrama, no lo sé.

El caso es que a veces era muy útil, tan útil como estar en una barra de sushi japonesa, de esas que la barra llega desde la misma cocina y va pasando por delante de todos los clientes para que elijan el que más les guste.

Tú puedes coger el que quieras y comértelo como quieras, con salsa, sin salsa, despacio o deprisa.

Pero cuando pasa una y otra vez el que está en mal estado y tienes una especie de superstición, si no lo coges algo malo va a pasar, es una jodienda.

Claro que siempre puedes dejar de creer en esa superstición, cada uno decide en qué creer.

A veces acudía a la cabeza de Senda el sushi exquisito que degustaba felizmente, pero otras se encasquillaba con el sushi podrido.

Pues esta vez le vino un recuerdo sobre la idea que ella tenía de sus padres, idealizada como todo niño necesita hacer para su autoestima, y cómo al crecer poco a poco iba apareciendo la decepción lógica y sana de ver más la realidad tal cual era, con todos sus tonos de colores.

Este, desde luego, era un sushi exquisito para ella porque le llevaba a una reflexión enriquecedora.

La vida está hecha de sucesivas decepciones que nos enseñan cómo son nuestras expectativas y cuánto nos hacen sufrir, si nos agarramos mucho a ellas, salvando como decía la función que tiene para la autoestima de un niño el idealizar a sus padres o cosas parecidas que tienen su función natural.

Aunque la mayoría de la gente prefiere agarrarse a sus expectativas y seguir creyendo que eso puede suceder y en la manera que la persona cree necesitar para su felicidad.

Esa justo es la raíz del sufrimiento del ser humano.

Es una especie de querer tener la razón, que parte de esa excesiva identificación con nuestros pensamientos y creencias, hasta las menos útiles.

Entonces nos agarramos a eso como a un palo que nos salva en un naufragio. Y entiendes que la persona vive como si se encontrara constantemente en un naufragio, sin descanso, sin paz.

¿Para qué sirve la meditación? me preguntó un día alguien. Diría que la respuesta la acabo de explicar, y quizá por eso me vino la pregunta a la cabeza.

Qué curioso, a algunas personas les parece que no tiene gran valor poder adentrarse en el silencio interior para escuchar con más nitidez toda esa clase de expectativas que nos dificultan vivir bien, al escucharlas desde el silencio, podemos darnos cuenta de que no somos nuestras expectativas.

Y entonces podría ocurrir algo maravilloso, soltarlas, quizá utilizar conscientemente las que son útiles, y el resto soltarlas.

Al soltarlas ya no nos sentiremos como estar en un naufragio y quizá podremos vivir.

Soltar es algo que se puede aprender de la forma más sencilla. Senda solía tumbarse en un trozo de tierra con hierba que había cerca de su casa, desde allí veía pasar las nubes.

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