Hace tiempo que quería dedicar un artículo y un vídeo a esta temática, tan controvertida y a la vez tan integrada en nuestras vidas.

El narcisismo es algo natural que está presente en las etapas de desarrollo de un niño. Si esta etapa se ha logrado superar con éxito, entonces habrá quedado integrado en su persona un sano narcisismo, la parte de nuestra vida anímica que supone el impulso a conseguir metas, a proponernos objetivos y perseguir logros, es lo que nos mueve en la búsqueda, el motor que hace que la persona se entusiasme consigo misma y con las cosas que identifica como valiosas en su entorno, provee del sentimiento de capacidad, de potencia y autoconfianza necesarios junto a otras dimensiones para la consecución de cierto desarrollo psicológico, la realización personal y la salud mental. Es más, la resultante de esta satisfacción o insatisfacción narcisista determina el grado de cohesión del sí mismo.

Pero vamos a adentrarnos más detenidamente en lo que ocurre de forma invisible en la mente de una persona que se ha educado en un contexto de familia narcisista, entendido como narcisismo patológico.

Es fácil que conozcas a algún amigo que tiene problemas de ansiedad, o de depresión y no sabe por qué está así. Es posible que alguna vez le hayas oído decir tímidamente algo sobre que su padre no era muy cariñoso, o que su madre le dio una educación muy recia y rígida. Y, en definitiva, sin saberlo, aún busca ese cariño que nunca llegó, ese reconocimiento que nunca existió, y eso le mantiene atrapado, con pocas fuerzas para poder seguir construyendo su proyecto de vida, sin saber por qué está deprimido o se atasca en obsesiones y en la ansiedad.

Se suele dar una explicación y desde luego que la tiene, seguramente ese padre o madre tampoco tuvo mucha suerte con el cariño que recibió de sus padres. La comprensión es algo que nos acerca a una sana compasión, que lejos queda de la simple justificación de conductas que son dañinas, lejos queda también del Síndrome de Estocolmo, que ningún bien hace a nadie.

Los términos técnicos nos ayudan a todos, también a los neófitos en temas de psicología, porque ayudan a entendernos, a saber qué está pasando, precisamente para ayudar o ayudarse. No siempre es posible ayudar porque para ello la otra persona tiene que querer ser ayudada, por tanto, en ocasiones sólo podemos ayudarnos a nosotros mismos y eso pasa por no permitir más ciertos abusos claros o encubiertos que se dan en la escuela, en el trabajo, y también en la familia.

Por eso me parece importante hablar sobre este tema, invitar a otras personas a que dejen de sentir que tienen que guardar un secreto que le pesa sobre sus espaldas y que es posible hablar de unos padres poco afortunados desde la sana compasión, a la vez que llamando a las cosas por su nombre, a la vez que poniendo cartas sobre el asunto y aprender a quererse, aunque eso suponga poner límites sanos que esos padres no aceptarán, arriesgándose a sentir esa culpa injustificada que se activa cuando uno no contenta a unos padres siempre insatisfechos.

Sólo cada uno se puede ocupar de construir su propio bienestar y felicidad, si unos padres pretenden que sus hijos sean los que les hagan felices, entonces mal vamos. Y de eso es de lo que aquí quiero hablar.

No suelen enseñarnos ni a gestionar nuestras emociones, ni a conocernos, ni a saber vivir sanamente, ni a ser padres, digamos en definitiva que no suelen enseñarnos a ser personas, porque sólo se trata de eso. Por tanto, uno es y quiere a los demás según es su carácter, según le han enseñado, según ha podido tener mayor o menor éxito en su desarrollo psicoafectivo, según se ha desarrollado como persona.

Por eso cada uno es lo que es, cosa que sólo puede empezar a verse en la vida adulta, porque de pequeños tenemos la necesidad adaptativa de idealizar a los padres, de eso depende nuestra autoestima. Si la realidad está siendo muy dañina, el niño, por supervivencia, debe reforzar la idealización de sus padres, además aún no tiene los mecanismos para comprender lo que está pasando, aunque lo está sufriendo y dejará su marca inevitablemente.

Y es esta la realidad que está sucediendo en muchos hogares, en algunos de manera más explícita, como es el caso de los abusos sexuales, problemas de alcoholismo, violencia, drogas o enfermedades mentales evidentes. Pero ¿qué pasa con las familias en las que todo parece que va bien? Fuera de casa claro, porque si un día se pudiera hacer una visita fantasma a esa casa, quizá la historia sería diferente. No hace falta utilizar insultos o voces necesariamente, se puede dañar de muchas otras maneras, que parecen invisibles, por ejemplo, con el chantaje emocional o con muchas otras técnicas de manipulación encubierta, como la luz de gas, en la que la persona se encarga de hacer dudar a la otra de sus sentimientos y sus percepciones, manipulando la información o negando la realidad que ha descubierto.

Normalmente muchas personas que sufren en este contexto son reacias a hablar de su familia, o niegan las cosas que suceden, justificándolo todo, es comprensible pues no es agradable sacar a flote el conflicto interior entre lo que uno quiere y la misión de tener que contentar a los padres, sacrificando su trayectoria de vida, si hace falta.

Una de las características esenciales de la dinámica de una familia disfuncional es una comunicación tortuosa e indirecta, donde muchas veces se tienen que adivinar las necesidades de un progenitor. Por eso la palabra “debería” forma parte de la vida cotidiana y es muy usada en este contexto, “él debería haber sabido que necesitaba que estuviese en casa” por ejemplo. Como no se piden las cosas directamente y a quien se quiere pedir, pues la comunicación se vuelve todo menos clara, tirando por la borda cualquier planteamiento sano de comunicación asertiva. De ese modo, está asegurado que nadie satisfaga sus necesidades “yo no obtendré lo que quiero, y tú serás un fracasado por no dármelo”.

Ante esa realidad, los hijos desarrollan inseguridad y no terminan sabiendo qué está bien y qué está mal, no aprenden a pedir las cosas ni a comunicar sus sentimientos, sino más bien al sálvese quien pueda, a sobrevivir y a ser reservados e inhibirse, o a ser reactivos.

En la vida adulta, cuando se llega a tomar la decisión de recibir terapia, es muy posible que el familiar en cuestión, padre o madre, o los dos, refuercen sus estrategias de manipulación con tal de que no vaya a terapia “eso no te va a servir de nada”, “están para sacarte el dinero”, etc, etc.

La cuestión es que hay patrones disfuncionales que inevitablemente se han aprendido y que llevan a desembocar en obstáculos en el ámbito de las relaciones, sobre todo, las de pareja. La persona puede no ser consciente de cómo estos aprendizajes le determinan en su vida actual y se pregunta una y otra vez qué le falta en su vida porque sí intuyen que algo no va bien.

Esas necesidades que no quedaron satisfechas en la infancia, desde lo profundo de uno mismo, exigirá que se satisfagan en la vida adulta, con sensaciones irracionales de abandono, dolor y desesperación. La experiencia de la propia verdad crea el retorno al propio mundo afectivo y la liberación de lo que realmente uno es y quiere en la vida.

Me gustaría ahora invitarte a ver el vídeo que he preparado. Es un resumen del libro titulado La familia narcisista y cuyo enlace puedes encontrar en la descripción del vídeo, abriéndolo en Youtube. También puedes encontrar otro enlace a una entrevista de un especialista en este tema, Marshall Rosenberg, entrevistando a Jessica, que vivió en una dinámica de familia disfuncional y narcisista.

Espero que todo esto te ayude a conocer más los recovecos de la mente y a liberar con tu verdad lo que aún no ha sido liberado. Si crees que puedo ayudarte, estaré encantada de hacerlo.

 

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