Agorafobia fue el diagnóstico que le dieron a Enma aquella mañana cuando tenía tan sólo 20 años, pero no fue hasta diez años después cuando acudiría a una terapia. Mientras tanto quería controlarlo ella sola, sin ayuda. Pedir ayuda para ella era como reconocer que era vulnerable, y esa parte de su humanidad se la tenía negada.

Pero cuando se vio secuestrada en casa, sin poder hacer vida normal ya no pudo más, tuvo que reconocer que era vulnerable, por fin, se daba el derecho de ser humana.

Acudió a un terapeuta ya abatida y con la mejor disposición con la que se puede hacer ese viaje interior, la de tener los brazos abiertos para aprender nuevas soluciones, que en realidad estaban dentro de ella, pero en ese momento se sentía incapaz de observarlas. Esas soluciones sólo ella las podría descubrir en el transcurso de la terapia. La presencia de un otro enfrente le daba la posibilidad en realidad de hablar consigo misma pero, esta vez, sin trampas de no querer parecer humana.

Aparecieron recuerdos revividos y colocados en un sitio mejor de su mente, creencias irracionales y emociones desajustadas, pero nada parecido a lo que por fin soltó transcurrido un año de terapia. Aquel día relataba cómo su primera fobia fue a conducir, después le siguieron otras fobias específicas pero ahora recordaba de forma más pormenorizada que nunca cómo empezó todo. Era un recuerdo que estuvo difuso durante ese año de terapia pero ahora se revelaba fresco, como si hubiera sido ayer.

Se dirigía en coche hacia la casa de campo de su abuelo, a quien visitaba una vez al mes, pero en aquella ocasión ya no pudo ser. Por el camino su madre la llamó y le dijo que volviera inmediatamente a casa, que su abuelo había tenido un accidente y se lo habían llevado al hospital.

Sólo el día del entierro se vieron lágrimas en los ojos de los allí presentes, pero a partir de aquel día se hizo el silencio y el secreto rodeó a toda la familia, cargando todos con ese peso, afectándoles de forma diferente a cada uno.

A Enma, en aquel viaje de vuelta y ante la desorientación de no saber qué había pasado exactamente, le dio su primer ataque de ansiedad. Un año después pudo saber que lo de su abuelo no había sido un accidente, sino que había decidido no seguir viviendo ante una depresión que le aquejaba, pero no hubo más explicaciones ni más sentimientos compartidos con sus seres queridos. Todos con la buena intención de que los demás no sufrieran, pero sufriendo todos más aún.

El silencio aterrador con el que su abuelo sufría la depresión hacía juego con el mismo silencio que se hizo después de su muerte en toda la familia. Un terrible miedo a sentir la tristeza quedó sembrado. Enma hacía todos los esfuerzos que podía para no sentir la tristeza, creía que si se permitía sentirla con los sucesos normales de la vida, entonces caería en depresión y podría llegar a hacer lo mismo que su abuelo. Tratar de evitar la tristeza día a día es lo que provocó finalmente un miedo aterrador a vivir, en forma de ansiedad, aislándola cada vez más en los confines de su casa.
Relatos como éste deben hacernos pensar cómo el sufrimiento en silencio es el mayor de los sufrimientos de esta vida. La única forma de prevenir sucesos como éstos es darnos el derecho de ser humanos, de sentir, de ser vulnerables, de sentir tristeza, miedo, enfado, todo tipo de sentimientos y emociones que si no son compartidas corren el riesgo de quedar atrapadas en una cárcel interior, que sólo nos aísla de los demás, de la realidad.

Hace poco compartía otro artículo en este blog El suicidio, porque me resulta impactante ver las consecuencias que un suicidio deja en la familia. Realmente toda emoción llevada en secreto es una de las cosas que más daño hace. 
Y curiosamente esta semana se puso en contacto conmigo Jaime Rodrigo Oliver en representación de Palma de Mallorca PRESS. Al cual tengo que agradecer la oportunidad de que me presentara este precioso proyecto y trabajo que está teniendo tan buena acogida y reconocimiento. Se trata de una docuficción titulada SUICIDIO, que sólo puede verse a través de la plataforma digital Filmin.
Aquí puedes ver el trailer: 

El secreto que Javier, el protagonista de este largometraje, lleva en su interior es su mala situación financiera y la sensación de terrible fracaso y culpa ante la idea de no poder sostener ahora la economía de la familia. Este secreto pesa tanto que empieza a desestabilizarse hasta el punto de pensar en el suicidio.

El peligro está en no permitirse sentir la tristeza. Por eso lo peor es la llamada “depresión sonriente”, según comenta la psicóloga Mónica Daniela Macrescu en este largometraje, y es la que ocurre en absoluto silencio y que la persona lleva en soledad, ocultándola mientras ofrece una sonrisa al mundo, un hacer como si no pasara nada, eso es lo que tendría que darnos miedo, y no la tristeza.

Tenemos a nivel colectivo una abundancia de medios pero una escasez de fines, según el psiquiatra José de Miguel Pueyo, que también comenta en este largometraje. Además, continúa diciendo, es necesario encontrar un sentido a la vida, como bien apuntaba Víctor Frankl, neurólogo y psiquiatra austríaco, fundador de la logoterapia, que sobrevivió en varios campos de concentración nazis. Después de su liberación escribió el libro El hombre en busca de sentido.

243 personas que cada día intentan quitarse la vida en España.
0 planes, estrategias o esfuerzos dedicados a la prevención.
No sigamos silenciando este tema porque el silencio es lo que más daño hace. No sigamos silenciando nuestras emociones, cuando se sienten escuchadas por nosotros es cuando se calman, si no, no nos quedará más remedio que escuchar sus voces y creeremos que la culpa es de ellas, cuando sólo nos están señalando algo, nos traen un mensaje, por eso el síntoma es un regalo que hay que desenvolver.

Aquí la preciosa canción que Meritxell Naranjo aporta a esta película, con el título: Te pido perdón.


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