Cuando dejamos de sentirnos

Cuando pensamos en una crisis de pareja solemos imaginar discusiones, conflictos o diferencias irreconciliables.

Sin embargo, muchas veces la distancia comienza mucho antes.

Y no empieza entre dos personas.

Empieza dentro de una de ellas.

O dentro de ambas.

Porque antes de desconectarnos del otro solemos desconectarnos de nosotros mismos.

De nuestras emociones.

De nuestras necesidades.

De nuestros deseos.

De aquello que sentimos y no expresamos.

La desconexión rara vez llega de golpe.

Se instala lentamente.

Casi siempre en silencio.


La gran desconexión de nuestra época

Vivimos en una cultura que ha desarrollado una extraordinaria capacidad para hacer.

Pero una capacidad mucho menor para sentir.

Desde la industrialización, el ser humano comenzó a mirarse cada vez más como una máquina de producción.

Aprendimos a valorar la eficiencia.

El rendimiento.

La productividad.

La capacidad de seguir adelante.

Mientras tanto, el mundo emocional quedó progresivamente relegado.

La ciencia aportó avances extraordinarios para comprender la realidad externa.

Pero en muchos aspectos se fue separando de aquellas tradiciones que durante siglos habían explorado la realidad interior del ser humano.

La atención se desplazó hacia el control.

La medición.

La eficacia.

Y cada vez menos hacia la escucha profunda de la experiencia humana.

Aprendimos a preguntarnos qué hacemos.

Pero no necesariamente cómo estamos.

Sabemos organizarnos.

Resolver problemas.

Cumplir objetivos.

Pero muchas personas tienen enormes dificultades para responder preguntas aparentemente sencillas:

¿Qué necesito?

¿Qué siento?

¿Qué echo de menos?

¿Qué deseo realmente?


La adaptación como forma de desconexión

Existe una forma de alejamiento particularmente sutil.

La adaptación excesiva.

A menudo pensamos que adaptarse es una virtud.

Y, en cierta medida, lo es.

Toda convivencia requiere flexibilidad.

Pero cuando la adaptación implica dejar de escuchar nuestras propias necesidades, comienza a convertirse en una forma de abandono interior.

Muchas personas aprenden muy pronto a no molestar.

A no pedir demasiado.

A no ocupar mucho espacio.

A no generar problemas.

Y poco a poco desarrollan una extraordinaria capacidad para adaptarse.

Se organizan solas.

Resuelven solas.

Se sostienen solas.

Hasta que un día descubren que llevan demasiado tiempo sin expresar aquello que realmente necesitan.

No porque no tengan necesidades.

Sino porque han aprendido a ignorarlas.


Lo que no se expresa termina creando distancia

En muchas relaciones ocurre algo parecido.

Una persona empieza a desconectarse.

Quizá por estrés.

Por preocupaciones.

Por exigencia.

Por miedo.

Por agotamiento.

La otra percibe esa distancia.

Pero en lugar de expresar claramente lo que necesita, también comienza a retirarse.

No necesariamente por enfado.

A veces por protección.

A veces por resignación.

A veces por amor mal entendido.

Entonces aparecen pensamientos como:

«No quiero molestar.»

«Ya tiene bastante con lo suyo.»

«No le interesará.»

«No quiero ser una carga.»

Y poco a poco ambos comienzan a habitar mundos paralelos.

No porque hayan dejado de quererse.

Sino porque han dejado de encontrarse.


Responsabilidad relacional no es culpa

Aquí aparece una distinción fundamental.

Cuando una relación atraviesa dificultades solemos buscar culpables.

Pero la culpa rara vez ayuda a comprender.

Responsabilidad y culpa no son lo mismo.

La culpa busca señalar quién hizo algo mal.

La responsabilidad intenta comprender qué contribuyó cada persona a la dinámica que se creó.

Esto no significa repartir por igual todos los hechos.

Existen decisiones que pertenecen exclusivamente a quien las toma.

Pero incluso cuando una conducta concreta es responsabilidad de una sola persona, puede existir una dinámica relacional más amplia que merece ser comprendida.

No para justificar.

No para excusar.

Sino para aprender.


La madurez emocional comienza cuando dejamos de esperar que nos adivinen

Muchas personas llegan a la vida adulta esperando algo que nunca expresan claramente.

Que los demás adivinen lo que necesitan.

Que perciban su malestar.

Que comprendan sus deseos.

Que sepan cuándo necesitan más cercanía.

Más atención.

Más presencia.

Pero las relaciones maduras requieren algo diferente.

Requieren palabras.

Requieren vulnerabilidad.

Requieren el coraje de decir:

«Te echo de menos.»

«Necesito más conexión.»

«Me gustaría compartir esto contigo.»

«Esto es importante para mí.»

No como exigencia.

No como reproche.

Sino como expresión honesta de la propia experiencia.


Volver a uno mismo para volver al otro

Quizá una de las grandes tareas de nuestro tiempo sea recuperar la capacidad de sentirnos.

Volver a escuchar lo que ocurre dentro.

Volver a reconocer nuestras necesidades legítimas.

Volver a habitar nuestro mundo emocional.

Porque cuando dejamos de escucharnos a nosotros mismos, inevitablemente dejamos también de encontrarnos con los demás.

Y ninguna relación puede mantenerse verdaderamente viva cuando las personas que la forman han perdido contacto consigo mismas.

La conexión profunda no nace de la perfección.

Ni de la ausencia de conflictos.

Nace de la presencia.

De la autenticidad.

De la capacidad de permanecer conectados con nosotros mismos mientras seguimos abiertos al encuentro con el otro.

Tal vez por eso muchas crisis terminan revelando algo importante.

No solo dónde nos habíamos alejado del otro.

Sino también dónde nos habíamos alejado de nosotros mismos.

Y quizá ese descubrimiento, por doloroso que resulte, sea también una oportunidad para regresar.

Preguntas frecuentes sobre la desconexión emocional en la pareja

¿Por qué me siento desconectado de mi pareja aunque la quiera?

La desconexión emocional no siempre indica falta de amor. Muchas veces aparece cuando el estrés, las preocupaciones o las exigencias de la vida cotidiana nos alejan de nuestras emociones y necesidades. Cuando dejamos de conectar con nosotros mismos, también resulta más difícil conectar con la persona que tenemos al lado.

¿Qué ocurre cuando no expreso mis necesidades en una relación?

Las necesidades que no se expresan suelen transformarse en distancia, frustración o resentimiento. Esperar que la otra persona adivine lo que necesitamos suele generar malentendidos y aumentar la sensación de soledad dentro de la relación.

¿Cuál es la diferencia entre responsabilidad relacional y culpa?

La culpa busca señalar quién hizo algo mal. La responsabilidad relacional intenta comprender cómo contribuye cada persona a la dinámica de la relación. Comprender una dinámica no implica justificar comportamientos dañinos, sino aprender de ellos para construir relaciones más conscientes.

¿Cómo recuperar la conexión emocional en una pareja?

La conexión suele comenzar recuperando el contacto con uno mismo. Identificar emociones, necesidades y deseos, y expresarlos de forma clara y respetuosa, facilita que vuelva a existir un encuentro auténtico entre ambos miembros de la pareja.

¿Por qué me cuesta pedir lo que necesito?

Muchas personas aprendieron desde pequeñas a adaptarse, no molestar o priorizar las necesidades de los demás. Con el tiempo pueden desarrollar dificultades para reconocer y expresar sus propias necesidades emocionales, incluso dentro de relaciones importantes.

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