Después de pasar considerable vergüenza y algunas miradas sospechosas hacia mí, al final de la última clase de la mañana, en Psicología Experimental, y gracias a mis tripas, lo único que podía experimentar era un hambre atroz.
Salí la primera y comencé a trotar camino de la cafetería cuando una voz dijo mi nombre, miré hacia atrás y era María, mi compañera de clase con la que intercambiaba apuntes y experiencias. La esperé a duras penas y nos dirigimos a comer algo.
Por fin vino mi sándwich vegetal y comencé a comer mientras trataba de aplicar con María lo aprendido en clase sobre la escucha activa. Empezó a hablar de sus preocupaciones del fin de semana y yo la miraba fijamente a los ojos mientras daba buenos bocados a mi sándwich. De vez en cuando le decía: «ajá, claro…». Sin embargo, no podía evitar que me vinieran un montón de pensamientos a la vez. Lo que me contaba me resultaba parecido a cosas que a mí me habían pasado y entonces se me activaban una serie de pensamientos, emociones y voces contradictorias:
– Aquello que hiciste no estuvo bien, tienes que aprender a ser más comprometida con los demás.
Con esa misma confusión volvimos a la clase de la tarde. Al lado de mí se había sentado un compañero que tenía un libro encima de la mesa, la curiosidad me pudo y lo tomé prestado por un momento. Era de Jung, Carl Gustav Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, figura clave en la etapa inicial del psicoanálisis y posteriormente pionero de la psicología profunda. Tuvo una gran influencia en la corriente del pensamiento humanista. Eso decía en la tapa, y después de pasar algunas hojas leí:
» La actualidad demuestra con notoria claridad lo poco que las personas tienen en cuenta los argumentos ajenos, aunque esa capacidad sea una condición fundamental e indispensable de cualquier comunidad humana. Éste es un problema básico al que se verá obligado a enfrentarse todo aquél que pretenda llegar a un acuerdo consigo mismo. Porque la magnitud de su negación del otro constituye un claro reflejo de la negación del «otro» interno que hay dentro de si…y viceversa. La capacidad de emprender un auténtico diálogo interno es la piedra de toque de la objetividad exterior (citado en Knox, Developmental aspects of analytical psychology: New perspectives from cognitive neuroscience and attachment theory, 2004, p.78.)».
