Tenía muchas ganas de volver a escribir y qué mejor que hacerlo estrenando mi nueva web. Todas las entradas de mis anteriores artículos, como ves, se encuentran aquí, en una nueva casa virtual.

Para celebrarlo me gustaría compartir contigo mi última lectura: Sabiduría emocional, ha sido para mí un libro que me ha marcado mucho por su sinceridad y sensatez. Se trata de un encuentro entre uno de los psicólogos de mayor renombre como es Paul Ekman, pionero en el estudio de las emociones y su expresión facial, y el Dalai Lama. La serie Miénteme está basada en los estudios científicos de Paul Ekman, te la recomiendo.

Paul se sincera en este encuentro y habla de cómo la ira le acompañó toda su vida incluso hasta que cumplió 60 años, por la marca emocional que le dejó el maltrato sufrido por parte de su padre. Hacia el final de este libro cuenta algo sorprendente sobre qué le ayudó a superarla en gran medida, algo que no podía explicar de manera científica, por muy escéptico que fuera. Aquel punto de inflexión para él ocurrió cuando conoció al Dalai Lama en un encuentro entre diversos científicos en el año 2000, en Dharamsala. Es curioso el poder de influencia tanto negativa como positiva que todos podemos ejercer hacia los demás y, desde luego, aquel ambiente tuvo que ser muy enriquecedor.

Pueden existir diferentes maneras que facilitan a cada persona liberarse de la ira en cierta medida, cada uno tendrá que descubrir la suya. Pero vamos a analizar algunos factores que pueden ayudarnos.

Imagina que la capacidad para sentir cada emoción básica se encontrara en un pequeño baúl en la zona de las emociones de nuestro cerebro (el sistema límbico). De manera que hay un baúl rojo para el enfado, que cuando es muy intenso se convierte en ira, otro de color violeta para el miedo, uno de color azul para la tristeza, de color verde para el asco y otro de color amarillo para la alegría.

Vamos a centrarnos hoy en el baúl rojo. A veces pequeños detalles o situaciones sin importancia pueden activar un enfado demasiado intenso en nosotros, tan sólo poder reconocer qué es lo que nos está pasando es algo muy bueno y sano. Sin embargo, tendemos a reaccionar y luego a justificar nuestro enfado, o simplemente a negarlo o a proyectarlo en los demás, cosa que nos aleja de poder avanzar.

Uno de los termómetros que tenemos para saber si estamos haciendo esto constantemente es ver si nos acarrea problemas de relaciones con los demás, como si se tratara de un patrón que se repite, que en realidad estamos repitiendo nosotros sin darnos cuenta. Una vez que hemos podido reconocer que esto nos está pasando ya es un primer paso muy importante y necesario para continuar.

Ahora estaremos en disposición de hacer una mayor toma de conciencia de los momentos en los que esta situación se desencadena, qué estado anímico teníamos cuando las situaciones se desataron, qué cosas en concreto hacen de llave para que se desate nuestra ira y cómo de lleno tenemos el baúl del enfado, quizá desde nuestra infancia, o también qué tipo de comportamientos innatos o aprendidos nos llevan a acumular enfado.

Cuando tenemos cierta predisposición hacia el enfado quizá esté en correspondencia con la intensidad del impulso de creación que hay en nuestro interior. Crear y destruir son los opuestos y de nosotros depende alimentar uno u otro.

A unas personas lo que les ayuda es crear, escribir, direccionar su vida, cantar, tocar un instrumento, aprender otro idioma, etc. A otras les ayuda mucho la práctica de la meditación. En otras ocasiones, sirve de ayuda aumentar la red de relaciones gratas y enriquecedoras. No obstante, todas estas cosas juntas son deseables y hacen que nuestra vida sea más completa y se reduzcan los momentos de ira.

Y aunque todos estos factores sean cruciales y tengan una gran influencia, lo cierto es que hay dos maneras básicas y necesarias de alimentar de forma directa el camino constructivo que queremos.

  1. Aprender de manera teórica y práctica sobre gestión emocional
  2. Practicar un entrenamiento de la atención con meditación o mindfulness

 

Dentro del sistema límbico del cerebro podemos observar una zona concreta que se llama ínsula, tiene dos funciones muy importantes, por una parte, gestiona la manera en que interpretamos las emociones que impactan desde los acontecimientos en nuestro cuerpo, por la otra, tiene un papel importante en la gestión de la atención. Hacer un buen entrenamiento de la atención cada día en nuestra vida es necesario para ampliar la conciencia de lo que estamos sintiendo en cada momento, en qué grado y así aprender a gestionar las emociones.

Merece la pena esforzarse, al fin y al cabo, es aprender a gestionar nuestra mente y nuestra vida. Por mucho que creamos que ya nos conocemos, realmente aún nos falta mucho, estamos conociéndonos durante toda la vida, porque nuestro cerebro tiene más posibilidades de las que creemos, no tengas miedo a descubrirlo.

 

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