Despertó a un sueño poco alentador, el sueño de las obsesiones, porque se sentía sola, pero no lo sabía.

¿Qué hace una persona cuando se siente sola? Quizá busca compañía, es una de las formas más sencillas de solucionarlo, siempre que no sea de ese tipo de soledad que se siente, aunque se esté con cientos de personas, y aun así seguimos sintiendo una infinita soledad. Bueno en realidad, si esto ocurre, supongo que será aún más un síntoma de que la persona tiene abandonadas sus propias emociones, es decir, a sí misma.

Pero a Senda sólo le hubiera hecho falta compartir sus sentimientos con la persona adecuada y hablar de lo que verdaderamente tenía dentro, la falta de un ser querido, sí, y es que le quería más de lo que ella creía y estaba más triste de lo que ella creía.

Cuando todo el mundo corre calle abajo huyendo de la cascada de agua que va por el cauce del río hacia el mar, lo único que consiguen es darse un buen castañazo por la velocidad de su propia carrera multiplicado por la velocidad del agua, entonces ocurre lo que más duele, un barrigazo de lleno que hace crujir el alma. ¿Es que nadie aquí sabe surfear? ¿Por qué no cogemos la cresta de la corriente y la seguimos con calma hasta que llega al mar? sería la única manera de no ser dañado al final del camino, pero al ser humano le encanta darse barrigazos contra el agua. Seguimos pensando que hay una salida al dolor inevitable de la vida y nos causamos más daño.

Ella también corrió calle abajo, al hacerlo todo el mundo, creyó que era lo mejor también para ella. Y así mismo comenzó a pensar, un pensar para no sentir, pero ella no lo sabía. Pensó y pensó, un pensamiento en huida impregnado de una inseguridad rechazada en su interior, que con su propio rechazo se sintió aún más insegura. Me pasará algo malo, pensaba, me van a abandonar porque soy imperfecta, me rechazarán los demás porque no les doy tanto como esperan… y así siguió y siguió. Se sugestionó tanto con esos pensamientos que terminó por considerarlos reales, creyendo ver signos de abandono en todos sitios y con diferentes personas.

Apareció la hermana de la inseguridad, llamada desconfianza, que salió del sótano, desde el que también se la encierra porque se cree que es otro monstruo más del interior. Y la desconfianza empezó a hacer su trabajo, pero de forma destructiva. Así Senda empezó a desconfiar de todo y de todos. Su inseguridad iba en aumento y también su desconfianza, empezando a dañar las relaciones con los demás.

El caso es que se había envuelto en una madeja de lana que cada vez tenía más capas y cada vez se enredaba más, y ahí dentro estaba ella, cada vez con más impedimento para moverse.

Hay quien tiene unas gafas para las emociones y, por suerte, a su lado pasó una de esas especies raras, una persona sensible, lo suficiente como para ver las emociones de Senda. Entonces vio que estaba atrapada en esa madeja de lana, se acercó y empezó a despegar la lana poco a poco. Para ello tuvo que ir pidiéndole que le dijera lo que estaba pensando, uno a uno le ayudó a despegar aquellos pensamientos que eran irracionales, y que, incluso sabiéndolo Senda, no podía evitar que sus emociones los creyeran.

Eso sí, esta especie rara tuvo que poner especial cuidado para no estar despegando la lana mientras le lanza etiquetas y consejos fáciles, porque ese es el alimento que pega la lana, así es como ella misma se había metido allí, reduciéndose a etiquetas y a exigencias de cómo debería estar y no está.

Quizá durante mucho tiempo vivió en un medio en el que fue inevitable desconfiar para protegerse, pero ahora era su peor tortura, la que le atrapaba.

Despegó la lana suficiente como para que luego ella sola pudiera levantarse y despegar el resto, y al fin pudo salir de ahí. Entonces de nuevo estaba más cerca de sus emociones, salir de la madeja le ayudó a ver en qué rincón del laberinto emocional se encontraba.

Había una piedra a su lado, la cogió y, nada más cogerla, se volvió más blanda, entonces se acordó de lo que echaba de menos las charlas tan fructíferas sobre sentimientos con su padre, el que ya no estaba. Y como si de una vomitona se tratara, rompió, por fin, eso era lo que necesitaba. Y ahí estaba esa grata compañía que era una especie rara, sosteniendo su frente para que pudiera vomitar.

Llorar y llorar… decía la canción

Quien sostenía su frente podía sentir la conexión con ella y, a su vez, le daba una nueva oportunidad de conectar con sus propias emociones, recordándole que ella también es vulnerable, como todos los seres humanos, esta cercanía las estaba conectando, en ese instante el sentimiento de soledad hubiera sido imposible de sentir. Y entonces Senda recordó aquellas palabras de su padre en aquella última conexión emocional “que no perdamos esta conexión”. Y es la que Senda sigue alimentando cada día, esa conexión universal, porque en realidad todos estamos conectados, aunque no lo sepamos.

Y Senda despertó

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